Todos lo conocemos, ese ingrediente que nos encanta usar para cocinar pero que evitamos cuidadosamente antes de una reunión importante. El ajo es un ingrediente algo incomprendido en nuestras cocinas. Criticamos su olor persistente, su sabor a veces fuerte… pero detrás de esta reputación un tanto problemática se esconde uno de los aliados más poderosos para la salud. Y el secreto está en comerlo crudo. Sí, de verdad. Aquí te explicamos por qué marca la diferencia.
Por qué el ajo crudo es mucho más efectivo que el ajo cocido.
A todos nos encanta el ajo asado al horno que se deshace en la boca, ligeramente caramelizado, casi dulce. Pero aquí viene la mala noticia: cocinarlo destruye la mayor parte de sus propiedades. Todo se debe a un compuesto de azufre llamado alicina. Este compuesto no existe de forma natural en el diente de ajo entero; se forma en el momento en que lo trituras, lo cortas o lo masticas. Es lo que provoca esa ligera sensación de ardor tan característica… y es lo que hace todo el trabajo.
La alicina es extremadamente sensible al calor. Una sartén caliente basta para destruirla casi por completo. Por lo tanto, para beneficiarse de todos sus efectos, el ajo debe consumirse crudo.
Lo que el ajo crudo realmente le hace a tu cuerpo.
Un verdadero beneficio para la salud cardiovascular. Estudios realizados por los Institutos Nacionales de la Salud han demostrado que el ajo ayuda a reducir significativamente la presión arterial, con efectos comparables a los de algunos medicamentos. Estimula la producción de óxido nítrico, que relaja los vasos sanguíneos y mejora la circulación. Además, reduce el colesterol LDL ("malo") entre un 10 y un 15 % y limita la agregación plaquetaria, protegiendo así las arterias a largo plazo.
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